Llevaba una semana alistando todo para el concierto, de los que para mi, son los mejores músicos de nuestro siglo, y esto combinado con un cigarrillo de humo azul seguro que me haría escapar de cualquier realidad en la que yo no quisiera estar, y es que la vida son momenticos siempre hay que tratar de hacer esos momenticos más agradables.
Ese día nada fue decepcionante, es más, pasó más de lo que de lo que yo esperaba que ocurriera. Hubo alborotos aquí y allá en los que yo también participaba, en los que no importaba que te quedaras sin voz, con quien te estabas rozando o que se estaba cayendo, fui uno de los últimos en salir, no tenía afán. Iba caminando hacia la salida del lugar mirando en el piso haber si encontraba algo de valor que se hubiera caído de los bolsos de tanta chica linda que había, pero nada. Lo único que logré recoger fue un libro que nunca había escuchado mencionar . Llegue a mi casa cansado, pero con una satisfacción enorme.
Por esos días la verdad no tuve mucho ánimo de leer el libro que me había encontrado aquel día, no es que estuviera ocupado, es que no me llamaba mucho la atención un libro del tamaño de la constitución política de Colombia , de una tal Marcela Gonzales que nunca la había escuchado nombrar.
La semana siguiente hizo un calor infernal, procuraba salir con mucho bloqueador solar, y salía a sentarme bajo un árbol a esperar que el día pasara con una cerveza al lado. En uno de esos días, empaque en un morral que llevo a todas partes, una cerveza, el ipod, y el libro de Marcela Gonzales, que aunque lo tenía hace ya varios días vine a leer el titulo en ese momento “la lluvia sobria”.
Tal vez hay muchas cosas que influyen en el momento de leer un libro para que este guste, pero lo que yo sentí en el momento en el que empecé a leer a Marcela Gonzales era más que un gusto, era una pasión por cada palabra que escribía, era encarretarme de tal modo en cada párrafo que hubo personajes que sentí que nunca me cayeron bien, mientras otros espere siempre (como si eso fuera a cambiar el desarrollo de el libro) que les fuera bien hicieran lo que hicieran. Sentí la necesidad de leerlo una, dos, hasta cinco veces por semana y siempre le encontré algo nuevo. Llegue a tener una obsesión tan grande por conocer a la que había hecho que mis días cambiaran totalmente su rumbo, la que escribió tantas palabras a las que yo les encontraba tanto sentido, que a todo lugar que llegaba, ese era mi único tema de conversación, no preguntaba por nada más, no leía nada más, sentía que cualquier texto que leyera de ahí en adelante sería mediocre comparados con la lluvia sobria. Para mi suerte Marcela vivía en Bogotá donde también vivo yo, así que me di en la tarea de buscarla en cualquier rincón de esta gran ciudad.
Al parecer nadie conocía de ella ni de su libro, y se me hacia imposible creer que las personas aun no conocieran sus exquisitas palabras.
